Una llamada que terminó en arresto. Otra que cambió una vida: el miedo y la esperanza de pedir ayuda en Georgia
Para algunas víctimas inmigrantes, denunciar a su agresor no solo significa enfrentar el miedo a la violencia. También puede significar preguntarse qué pasará con sus hijos, con su situación migratoria o incluso con ellas mismas si la policía llega a la casa. Organizaciones que atienden sobrevivientes advierten que ese temor puede estar dejando a algunas personas en silencio

Por qué contamos esta historia ahora?
Esta historia se publica en octubre, durante el mes de concientización sobre la violencia doméstica, pero también en un momento en que algo está cambiando dentro de la comunidad. En conversaciones con organizaciones que trabajan directamente con sobrevivientes, estamos escuchando una preocupación que se repite: el miedo. Miedo a denunciar, a perder a los hijos, a enfrentar consecuencias migratorias o a que pedir ayuda termine complicando aún más una situación ya marcada por la violencia.
Al hablar con quienes atienden estos casos, encontramos además una señal que merece atención: las llamadas a una de las líneas de ayuda para víctimas han disminuido. Las cifras, por sí solas, no pueden decirnos cuántas personas dejaron de pedir ayuda ni por qué. Pero detrás de esa reducción hay una pregunta que decidimos poner en el centro de esta historia: ¿qué está pasando con las personas que ya no llaman?
Este trabajo, acompañado de un mini reportaje, busca acercarse precisamente a ese espacio que las estadísticas no alcanzan a mostrar: las decisiones, los temores y las consecuencias que viven las personas y sus familias cuando pedir ayuda deja de sentirse como una opción segura.

Una llamada para proteger a su hija terminó en arresto
Cuando su hija tenía apenas cuatro meses, una mujer decidió llamar a la policía para detener una situación de violencia que estaba ocurriendo en su casa.
Lo que ocurrió después quedó marcado en su memoria: terminó arrestada.
La mujer, cuya identidad se mantiene reservada, recuerda el miedo que sintió al denunciar a su agresor.
“Yo tenía mucho miedo de denunciar a mi agresor.”
Su experiencia ayuda a entender una de las razones por las que algunas víctimas pueden decidir no pedir ayuda, incluso cuando viven situaciones de violencia.
Para una persona que ya teme por su seguridad, la posibilidad de que la intervención de las autoridades termine teniendo consecuencias para ella puede convertirse en otra barrera para salir de la violencia.
Y cuando hay hijos de por medio, el miedo puede ser todavía mayor.
El miedo también puede impedir una llamada
Norma Mendoza, directora del Programa Multicultural del Cherokee Family Violence Center, dice que las organizaciones están escuchando cada vez más preguntas relacionadas con la situación migratoria.
Las víctimas preguntan si la policía las va a ayudar, si les pedirán información migratoria o si llamar a las autoridades podría ponerlas en contacto con inmigración.
“Sí está creando miedo y lo podemos ver específicamente porque nuestros números han bajado”, dijo Mendoza.
Los números muestran una disminución en las llamadas recibidas por la organización: 552 en 2024 y 406 en 2025.
La tendencia también aparece en agosto. En agosto de 2024 se registraron 52 llamadas; en agosto de 2025 fueron 43 y en agosto de 2026, 24.
Pero hay una diferencia importante entre lo que muestran las cifras y lo que todavía no se puede saber.
La disminución demuestra que menos personas están llegando directamente a esa línea. No demuestra, por sí sola, que el miedo migratorio sea la causa de la reducción. Y tampoco permite saber cuántas víctimas están viviendo violencia sin pedir ayuda.
Ese es, precisamente, el vacío que preocupa a quienes trabajan con sobrevivientes.
“No hay manera” de saber cuántas personas dejaron de reportar por miedo, explica Mendoza.

Pero otra mujer decidió dar el paso
La historia de otra sobreviviente muestra el otro lado de esa decisión.
Ella también tenía miedo. También tenía dos niñas pequeñas. Y también tuvo que enfrentarse a la posibilidad de denunciar a su agresor.
Pero finalmente decidió hacerlo.
Cuando los policías llegaron a su casa, le entregaron una tarjeta del Cherokee Family Violence Center. Ella llamó.
A partir de entonces, dice, encontró personas que la ayudaron y que todavía hoy están disponibles cuando necesita apoyo.
La organización le proporcionó vivienda y talleres de aprendizaje. También la ayudó a solicitar una visa U. Según cuenta la sobreviviente, su solicitud fue aprobada y posteriormente obtuvo la residencia.
Con el tiempo, se convirtió en ciudadana estadounidense.
Pero para ella, el cambio no se quedó en los documentos migratorios.
“Mi vida cambió para bien”, cuenta.
Sus hijas están bien. Ella está bien. Y durante ese proceso comenzó a construir su propio negocio, que asegura que hoy marcha bien.
Al recordar aquel momento, reconoce que tomar la decisión de denunciar fue difícil.
“Doy gracias a Dios que tomé ese paso que fue muy difícil para mí.”
Su testimonio no elimina los temores que enfrentan otras víctimas. Tampoco significa que todas las personas que denuncien tendrán el mismo resultado. Pero muestra algo que las estadísticas no pueden contar: pedir ayuda también puede convertirse en el comienzo de una vida diferente.

Dos historias, un mismo miedo
Las experiencias de estas dos mujeres son distintas.
Una pidió ayuda y terminó arrestada. La otra pidió ayuda y encontró una red de apoyo que, según su testimonio, la acompañó durante años y le permitió reconstruir su vida.
No son historias que deban utilizarse para decirle a una víctima qué decisión tomar. Son experiencias que muestran por qué esa decisión puede ser tan difícil.
Entre el miedo a denunciar y la posibilidad de encontrar ayuda existe un territorio lleno de preguntas: ¿qué pasará con mis hijos?, ¿qué pasará conmigo?, ¿me van a creer?, ¿me van a detener?, ¿qué ocurrirá con mi situación migratoria?
Para las organizaciones que trabajan con sobrevivientes, responder esas preguntas antes de que ocurra una emergencia puede ser parte fundamental de la ayuda.
Cuando el miedo migratorio se convierte en una forma de control
Mendoza explica que las preguntas sobre inmigración pueden convertirse en una preocupación constante para víctimas que ya viven bajo el control de un agresor.
En una relación marcada por la violencia, el temor a ser deportada, a perder a los hijos o a enfrentar consecuencias legales puede hacer que una persona permanezca en silencio.
La preocupación es especialmente difícil de medir porque muchas de esas decisiones ocurren lejos de las estadísticas.
Una víctima que nunca llama no aparece en los registros.
Una persona que decide no acudir a una organización tampoco necesariamente queda registrada como sobreviviente.
Y una persona que continúa viviendo con su agresor porque tiene miedo de lo que pueda ocurrir si busca ayuda no aparece en ninguna cifra que permita medir su situación.

El momento en que una víctima puede terminar siendo vista como agresora
Mendoza también describe otro escenario que preocupa a quienes trabajan con víctimas.
Según explica, algunas personas esperan hasta que la violencia se vuelve física para pedir ayuda. En ocasiones, una víctima puede empujar o arañar a su agresor porque siente que está a punto de ser golpeada.
Cuando llegan las autoridades, esa reacción puede complicar la manera en que se interpreta lo ocurrido y, en determinados casos, la víctima puede terminar siendo identificada como la agresora y arrestada.
Por eso, Mendoza quiere que las personas conozcan sus opciones antes de llegar al último episodio de violencia.
La intención, explica, es que una víctima pueda pedir orientación, conocer alternativas y tomar decisiones con mayor información y seguridad.
¿Y si me quitan a mis hijos?
Para muchas víctimas, el miedo no termina en su propia seguridad.
Está también la preocupación por sus hijos.
La abogada Jennifer Hamamoto, directora de Servicios de Inmigración de la Latin American Association y especialista en casos de víctimas, explica que una persona indocumentada que experimenta violencia doméstica puede buscar ayuda y reportar el abuso.
La situación migratoria por sí sola no significa automáticamente que una persona vaya a perder la custodia de sus hijos. Cada caso depende de sus circunstancias y debe ser evaluado de manera individual.
Ese temor, sin embargo, puede ser suficiente para impedir que una víctima siquiera pregunte cuáles son sus opciones.
Una víctima puede pedir ayuda aunque sea indocumentada
Hamamoto explica que existen mecanismos migratorios que pueden proteger a determinadas víctimas de delitos o de violencia doméstica, entre ellos la visa U y ciertas protecciones bajo VAWA.
Estas opciones tienen requisitos específicos y no están garantizadas para todas las personas.
La recomendación de Hamamoto es también una advertencia contra quienes se aprovechan del miedo y la incertidumbre.
Si un abogado o una persona que ofrece servicios migratorios promete un permiso de trabajo en seis meses o garantiza que un caso tendrá éxito al cien por ciento, recomienda desconfiar.
“Alguien que le prometa conseguir permiso de trabajo en seis meses o que le garantice 100% que todo saldrá bien, yo no confiaría.”

Pedir orientación puede ser el primer paso
Para una persona que todavía no está preparada para denunciar, hablar con una organización puede ser una manera de conocer sus opciones.
Los programas que atienden violencia doméstica pueden orientar a las personas sobre seguridad, recursos y alternativas disponibles. En el Cherokee Family Violence Center, Mendoza explica que los servicios están dirigidos a personas que experimentan violencia doméstica y que no se exige demostrar una determinada situación migratoria para recibir ayuda.
La organización tampoco pide un número de Seguro Social como condición para acceder a sus servicios.
Si una persona tiene preguntas específicamente relacionadas con inmigración, puede ser referida a profesionales que puedan evaluar su situación.
Para algunas sobrevivientes, ese primer contacto puede ser importante precisamente porque no obliga a tomar todas las decisiones de una sola vez.
El problema no termina en la puerta de una casa
La violencia doméstica no afecta únicamente a quien recibe los golpes o las amenazas.
Afecta a los hijos que viven en ese ambiente, a las familias que intentan proteger a sus seres queridos y a las comunidades que pueden pasar años sin saber lo que ocurre detrás de una puerta.
La segunda sobreviviente lo expresa desde su propia experiencia: sus hijas están bien, ella está bien y su vida cambió.
Pero llegar hasta ahí requirió primero superar el miedo.
Y esa es una de las razones por las que las organizaciones insisten en que la violencia doméstica no debe tratarse únicamente como un problema privado o familiar.
Vecinos, familiares, amigos, escuelas, organizaciones, autoridades y comunidades pueden formar parte de la respuesta.

Lo que las cifras no pueden contar
Los registros pueden decir cuántas llamadas recibió una línea.
552 en 2024.
406 en 2025.
52 llamadas en agosto de 2024, frente a 43 en agosto de 2025 y 24 en agosto de 2026.
Pero ninguna de esas cifras puede decir cuántas personas se quedaron en casa.
No puede decir cuántas tuvieron miedo de llamar.
No puede decir cuántas pensaron primero en sus hijos.
Y tampoco puede decir cuántas, como la segunda sobreviviente de esta historia, lograron dar ese paso y encontraron en una llamada el comienzo de una vida distinta.
Por eso, la pregunta permanece: ¿qué está pasando con las personas que ya no llaman?
La línea estatal de violencia doméstica de Georgia, 1-800-334-2836, está disponible las 24 horas, los siete días de la semana. En una situación de peligro inmediato, se debe buscar ayuda de emergencia.




